Pastoral Familiar

 Sabemos que todos estamos experimentando momentos difíciles, por eso quisimos pedir a la psicóloga Alejandra Lustig que nos escribiera algunos consejos para que las familias vivamos mejor este tiempo que nos desafía como seres humanos.

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Equipo Pastoral Familiar.

Preescolares viviendo el Covid

            Historias de madres y padres de niños preescolares, han quedado en mi mente en estos días: Pedro pregunta: ¿Dónde está el coronavirus y de qué color es?, ¿Cuándo se va a ir? Julia está muy irritable y enojona, vive en un departamento y su papá la saca a la terraza para que vea, pero ella llora y dice: “No veo los niños”. Su poca altura no le permite ver más arriba de la baranda. Su papá entiende…la toma en brazos y Julia por fin observa feliz el jardín. La mamá de Felipe se desespera porque Felipe no quiere nada. Todo es tonto, feo, malo: La comida, las actividades del colegio, los hermanos. Sara se levanta de noche y le dice a su mamá que tiene “una cosa en la garganta” que no la deja respirar. Juan se hace pipí y quiere usar el chupete de su hermano…

            Hoy estoy pensando en niños chicos, esos a los que a veces les faltan palabras para poder decir lo que sienten, especialmente los preescolares. Ellos venían esperando su primer día de clases durante todo el verano, algunos por primera vez conocieron su colegio por dos o tres días y se acabó. Los niños preescolares son un cúmulo de emociones y características: activos, creativos, divertidos, porfiados, obsesivos, obstinados, imaginativos, demandantes, intensos, curiosos, egocéntricos. A su tan corta edad, muy pegados aún al papá y a la mamá, necesitan presencia concreta y gozan de poca autonomía, lo que es lógico. No están acostumbrados a que todos estén en la casa, pero a la vez todos tengan que trabajar, estudiar, cocinar, atender a otros…y se sienten frustrados. ¡Es tal la cantidad de privaciones! …No se puede salir. No se puede ir a la plaza. No se puede ver a los amigos ni ir al colegio. No podemos ir a comprar un helado. No podemos jugar con los primos. NO…Y eso de no ser el centro de atención y de no poder hacer lo que queremos, es algo difícil de aceptar para un niño normal de esa edad.

            A Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista inglés, le debemos el concepto de “madre suficientemente buena”. Atendiendo a los tiempos, podemos también decir “padre suficientemente bueno”. Ser padres en la pandemia está siendo un desafío importante. Tomemos prestado ese concepto, para pensar en nuestro rol de padres y madres de estos niños preescolares en cuarentena.

¿Qué puede significar ser una “madre/padre suficientemente” bueno en estos días?

            Estar. Suena básico, pero es tan importante. Estamos en las casas más de lo que estuvimos en mucho tiempo. En este mundo acelerado, los niños de hoy a veces francamente corren detrás de nosotros. Nos giran la cara para hablarnos cuando estamos metidos en una pantalla. Nos buscan, porque su desarrollo requiere que estemos: Con tiempo, con pausa, en lo cotidiano. ¿Armamos esto mamá? ¡Papá mírame! ¿me miraste? ¡mírame de nuevo, que no viste bien! Relacionarse de verdad es un desafío para niños y grandes. A ratos quisiéramos anestesiarnos, pero estamos. Y este periodo atípico, en que estamos más juntos que nunca, aunque no lo escogimos, es una oportunidad para estar disponibles. No sé si para grandes cosas, pero sobre todo para ESTAR.

            ¿Estar disponibles para qué? Estos niños ven y viven muy atentos la pandemia. Sienten y perciben el ambiente diferente, el miedo, la frustración y todavía les falta lenguaje para ponerlo bien en palabras. Estar disponibles es, por ejemplo, estar dispuestos a sentir como se sienten. Todo tipo de sentimientos, que a veces dan ganas de evitar: rabia, miedo, angustia, confusión, aburrimiento. Si podemos sentir lo que sienten nuestros niños, podemos ayudarlos a ponerlo en palabras, prestarles imágenes a ellos, que les ayudan a dar significado. Entonces, estamos haciendo bien el trabajo. Esto no se trata de que uno “le achunte” o lo haga perfecto. Pero mientras estamos disponibles, podemos acompañarlos con aciertos y desaciertos. Podemos decirles: “Oye no te entendí lo que querías, pero ahora entiendo”. “Yo también a veces me enojo mucho y quiero tener una pataleta”. “A veces cuando uno tiene pena, siente como si no pudiera respirar, pero decirlo ayuda a que se pase”. Ninguna brillantez…pero acompañamos y contenemos con eso.

            Estamos llenos de limitaciones. Aparte de las que nos impone la pandemia, estamos sobrepasados. No podemos multiplicarnos para hacer tantos roles a la vez. Sumémosle que somos los padres que somos: No perfectos, los que somos. Y ahí están nuestros niños, enfrentados a nuestras limitaciones. Mamá paciente, papá perfeccionista, divertido, desordenado, mamá buena para enseñar, atenta o distraída. La vida está llena de limitaciones, no tenemos todo. Otra oportunidad que, aunque es dura, ayuda a nuestros niños (y a nosotros) a aprender a tolerar las frustraciones: No todo se puede, algo no alcanzamos a hacer, el papá no se siente bien, mi mamá no pudo conectarme al Zoom. Si podemos seguir adelante, tolerando las limitaciones, tenemos un importante aprendizaje: Nadie tiene todo, nadie puede todo.

            ¿Y cuando no estamos disponibles? Cuando el papá y la mamá no pueden con todo, estos pequeños personajes que han ido creciendo, comienzan a desplegarse. Ese niño que decía: “Yo solito” a los dos o tres años, puede comenzar a ensayar, de a poco, la autonomía. Cuando no hay atención inmediata y recursos múltiples disponibles, nuestra curiosa investigadora comienza a poner en marcha sus propios recursos, de a poquito: ¡Mamá…mira, me conecté sola a la clase! Puede poner la mesa, puede ponerse la ropa y cooperar. Y se siente grande, útil, parte del equipo. Los niños necesitan cercanía, pero también espacio para crecer y desarrollarse. Así surge su capacidad creativa. En ese sentido, la ausencia ocasional nuestra, puede ser un tremendo motor para que ellos aparezcan.

            Madres y padres suficientemente buenos: que están disponibles, que abrazan, que regalonean, que limitan y frustran, queriendo y sin quererlo. Que se ponen mal genio, que piden perdón. Con aciertos y desaciertos. Démonos permiso para estar tranquilos, de nuestro rol de padres y madres en esta pandemia. Si nuestros niños sienten que nos queremos y asumimos con nuestras limitaciones, que no queremos ser súper estrellas pero estamos en “primera línea” para ser sus papás, aprenderán a quererse a sí mismos como son, sin exigirse más de la cuenta y saldrán (saldremos todos) fortalecidos de esta experiencia tan inesperada.

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Ser padres de adolescentes en pandemia

Hace unos días, escuché a un psicoanalista brasileño decir que, en respuesta a un evento traumático como es la pandemia, estamos todos con el “pensar corto”. Con eso quería decir que estamos con un nivel de ansiedad de base tan alto, que en muchos momentos nuestro pensamiento se interrumpe, se altera, perdemos la capacidad de evaluar, tener esperanza, medir consecuencias, calmarnos. Se interrumpe la continuidad del pensamiento, como se interrumpe la respiración cuando nos angustiamos. Su descripción me pareció muy representativa de lo que vivo y también veo a diario en mi trabajo con personas: padres, hijos, jóvenes, abuelos, colegas, nadie se salva. Nos vemos amenazados, limitados, asustados, cansados y nos está costando pensar.

Eso del “pensar corto” me trajo a la mente, a los preadolescentes y adolescentes. La etapa que ellos viven, llena de cambios biológicos y psicológicos vertiginosos los hace estar, por definición, con el pensamiento más corto: les cuesta controlar los impulsos, pensar con perspectiva, se inundan emocionalmente, se altera su capacidad reflexiva frecuentemente. En un estado normal de las cosas, los adolescentes necesitan poder vivir esos procesos, acompañados de adultos significativos que les ¨prestan mente¨. Y por estos días, cuando estamos todos con el pensamiento corto, prestarles mente se hace difícil. Acompañarlos en su proceso, se hace aún más desafiante.

Pensemos en nuestros adolescentes de la pandemia:

¿Qué están viviendo?

  • Los adolescentes están viviendo una etapa en que progresivamente necesitan ir “empujando hacia afuera” a los padres, que han sido su figura de apego más significativa. Este es un proceso normal y esperable, que puede dolerles y dolernos, pero que es necesario para crecer…. Pero dadas las restricciones de la pandemia, nuestro adolescente se ve obligado a estar en su casa todo el tiempo, a pasar mucho más tiempo con padres y hermanos, del que naturalmente están.
  • Los adolescentes necesitan tener un grupo de pares, con el cual pasar buena parte de su tiempo, al cual recurrir y con el cual identificarse. Este grupo es un factor protector de su salud mental…. Pero ahora no pueden verse y pasar tiempos de calidad juntos, excepto por las pantallas, pero no es lo mismo.
  • Los adolescentes necesitan expandirse, hacer actividad física, buscar intereses y hobbies con los cuales diferenciarse, necesitan retraerse y esconderse de los adultos, volver a acercarse…Pero el espacio para todo eso está restringido por ahora.
  • Los adolescentes en este momento además están (igual que todos nosotros) confundidos, asustados, enojados con las limitaciones, tristes por lo que se pierden de vivir, cansados…pero no siempre encuentran un espacio para hablar de lo que sienten, porque todos estamos sobrecargados o ellos disimulan bien su necesidad.

¿Cómo los podemos acompañar?

  • Permitamos que tengan su espacio, a pesar de que estamos todos en la misma casa. No vivamos su lejanía y su indiferencia como una afrenta personal, recordemos que ellos están necesitando separarse y que también sienten ambivalencia por eso. Es bueno permitir que busquen espacios separados de nosotros, sin sentir culpa por hacerlo. Eso puede incluir espacios separados de sus hermanos, que también se les hace necesario.
  • Los adolescentes necesitan, al mismo tiempo que se alejan, tener a los padres atentos y cerca. Están teniendo que lidiar con cosas nuevas, con sentimientos de vacío, con frustraciones, emociones que los inundan. Nos necesitan disponibles, aunque parezca que nos dan portazos en la cara. Suena contradictorio, pero la adolescencia es contradictoria.
  • “Prestarles mente”, dentro de nuestras posibilidades y sin sobre exigirnos, teniendo presente la idea de que en esta pandemia a todos nos cuesta tener la mente clara y tranquila. Pero pensemos que a ellos les cuesta más por la etapa que viven, eso nos ayudará a tener paciencia. Ayudémoslos a calmarse, a confiar, a no perder el control o a recuperarlo cuando lo sienten perdido, a sentir que hay continuidad en un momento lleno de incertidumbres.
  • No tengamos miedo de hacerlos enojar o limitarlos. Los adolescentes necesitan alguien que les permita estar molestos, rebelarse, enojarse con nosotros y distanciarse. Prestémonos como personajes para ese conflicto, con confianza en que ellos saben que los queremos y nos quieren, solo son momentos hostiles.
  • Favorezcamos sus encuentros con amigos y pares, sobre todo si los vemos retraerse o aislarse. Puede que eso implique más horas de pantalla de las que hubiésemos querido, pero es saludable que tengan encuentros, ojalá de la mejor calidad posible, con sus amigos y amigas. Ayudémoslos a ir distinguiendo en que modalidad online, dentro de las posibles, logran una mejor intimidad con sus amigos.
  • Promovamos en ellos proyectos: cortos, de largo plazo, familiares, de ellos solos. Esos proyectos, de cualquier índole: cocinar, escribir, hacer deporte, armar algún proyecto con amigos, hacer algún cambio físico en sus piezas, los mantendrán motivados y con sensación de futuro.
  • Finalmente, que sepan que los queremos mucho, que sientan que estamos disponibles, y que entendemos sus confusiones y dudas, porque nosotros también las tenemos. No olvidemos que mientras más nos puedan sentir como figuras paternas que los contienen y se hacen cargo de ellos, mayor libertad encontrarán para vivir su adolescencia con libertad y aprovecharla para crecer sanos.

 

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Parejas en tiempos de cuarentena

Hablar para las parejas hoy, de modo general, se hace difícil. Si bien estamos viviendo una crisis sanitaria mundial, y en ese sentido es un asunto global, debemos tener cuidado. Hay familias que tienen uno o mas de sus integrantes enfermos de Coronavirus, algunos de ellos incluso internados en algún centro de salud. Hay quienes están perdiendo sus trabajos o no pueden trabajar en estos días, y tienen muchas preocupaciones económicas. Hay otros que viven una cuarentena que sienten difícil de comprender. Una sola crisis, pero diversidad de situaciones particulares. Cualquier cosa que diga hoy, tiene como punto de partida la aproximación humilde y poco exigente de quien intenta acompañar desde su disciplina. Estamos todos en el mismo camino, que nunca antes habíamos andado.
Estar a cargo de una familia con niños, en medio de una pandemia, es vivir un momento crítico. Tenemos una tarea difícil, para la cual las “recetas” y los “tips” quedan cortos. Cada familia es un mundo, y cada pareja tiene su propio ritmo y sus complejidades. Sin embargo, algunas ideas pueden ayudarnos a pensar. Si no nos ayudan, no las tomamos. No las vivamos como una exigencia: Ya tenemos suficientes exigencias con lo que estamos viviendo.

1- Tener una actitud compasiva con mi pareja. Van a aparecer estados emocionales cambiantes, algunos días tenemos miedo, el tiempo a ratos no alcanza, nos ponemos irritables, porque enfrentar una crisis nos cansa. Tener una cuota extra de paciencia puede servir. Compasión es “padecer con el otro”. Estamos los dos en esto, y por mucho que seamos adultos, ninguno de los dos estaba preparado. Esto incluye permisos que a veces los adultos no nos damos: para gritar de vez en cuando, para ponerse egoísta, para llorar si se tiene ganas. “Prestarnos fichas” en esto.

2- Estar en ¨primera línea¨ recibiendo las angustias visibles (y también las invisibles) de cada uno de nuestros hijos, es ya un tremendo trabajo. De manera bastante intuitiva, intentamos tomarnos tiempo para esa tarea. Oímos a los niños: sus miedos, sus sueños de la noche, sus inquietudes sobre futuro. Lo mismo necesita una pareja: poder conversar (a alguna hora y en la instancia que a cada uno le resulte mas propia) de sus miedos, de sus rabias, de sus angustias, de la incertidumbre, de lo que paso en el día, etc. No solo los niños necesitan eso, los adultos también.

3- A pesar de estar todos en la misma casa sin posibilidad de salir, intentar delimitar espacios de pareja, buscar una manera simple de conservarlos. En eso pueden ayudar gestos sencillos: espacios de “solo padres” aunque sean cortos, un café después de almuerzo, una conversa, una comida juntos, una serie compartida. No necesitamos estar “todos juntos todo el día”. Los niños agradecen también el respeto por sus espacios, sin padres. Y si son chicos, es una buena manera de enseñarles a valorarlos.

4- En la misma línea: somos pareja, pero no somos uno. Tratar de respetar algunos espacios de soledad. En la vida sin cuarentena los tenemos: en el auto camino al trabajo, en el deporte, en nuestras actividades personales. Replicarlo de alguna manera en la casa, tiene sentido y es saludable.

5- Poder poner en pausa los temas de pareja muy sensibles, si los hay. Puede no ser el mejor momento para resolverlos, y darnos un tiempo para dejarlos decantar, puede ayudar.

6- Busquemos poder ver este tiempo como una oportunidad, también para nosotros como parejas. Porque los ritmos cambian, porque podemos tener tiempos y encuentros que no habíamos tenido hace rato, porque tenemos menos exigencias en términos de compromisos con el exterior: colegio, amigos, familia extendida. Sacarle provecho a eso que no buscamos, pero que puede ser un aporte. Cada uno a su ritmo, con días mejores que otros. Con paciencia y con compasión.